Sigo pensando seriamente en la reflexión que dice : “ las cosas suceden por algo” . No hay nada fortuito; las cosas no pasan por casualidad.
Y la otra frase que me inquieta es la de que “la vida te da señales” y tú sólo tienes que interpretar esa señal.
Pues, ahí va una señal…mi cactus se muere. Me lo regaló la persona que me trasladó esas dos reflexiones y muchas otras que agradezco profundamente. Esta persona es un pozo de sabiduría de la vida, y me apena profundamente perder mi cactus o su cactus, según se mire.
Ahora, decidme cómo tengo que interpretar esto.
El problema es que, esto ya me ha pasado antes. De hecho, no mantengo viva una planta desde hace tiempo, y me explico.
Cuando llegué a esta ciudad como estudiante, llena de ilusión y con un futuro por delante, me compré una plantita pequeñita de “pendientes de Santa Teresa” y una maceta con tres cactus famélicos, cada uno más alto que el de al lado.
Durante los tres primeros años que gozaron de una localización privilegiada y todo era miel sobre hojuelas, crecieron y robustecieron que daba gusto verlas.
Al cuarto año, cuando me cambié al piso compartido envié los cactus a casa de mi madre, donde todavía viven dos de ellos y me llevé conmigo los “pendientes”, no sin antes haber enviado un trocito de Teresita a casa de mi madre. A día de hoy crecen allá lentamente pero con solidez dos Teresitas de pendientes color “rosa chicle”.
En cuanto a la original, la que dejé conmigo y en aquel piso comenzó el declive, tanto en mi vida como en la de Teresita.
No pudo soportar, al igual que yo, la luz de patio interior, los olores a frito de los vecinos, el calor insoportable del verano y mi tristeza…pero aun así, aguantó hasta cambiar de piso. Creí inocentemente que en el nuevo ambiente sobreviviría, pero, ya estaba herida de muerte y poco pude hacer para recuperarla.
Entendí entonces esto como una señal de renovación. Parecía que mi situación cambiaba a mejor y pensé que tal vez era momento de poner nuevas plantas y planté varios esquejes de plantas que me encontraba por ahí. No me ha salido ninguna. Y para rematar, el cactus de mi amiga que parecía que aguantaba el tirón, en dos días se ha desinflado como un globo y no creo que llegue a la semana que viene. Y paradójicamente mi vida está igual que el cactus, desinflándose por momentos.
Entonces, ¿tengo que interpretar su agonía como una señal o simplemente se me ha muerto una planta?
Lo que tengo claro es que desde hace dos años en esta ciudad todo se me muere. Mis amigos se van marchando. Unos, en busca de una economía menos azotada por la crisis y otros a recorrer el Amazonas en bicicleta (harto difícil, dicho sea de paso) o a plantar marihuana en el desierto del Sahara (vaya usted a saber)…Al fin y al cabo, todos se van de mi lado.
Mi problema no es la soledad, que he de reconocer que me gusta. Mi problema es la incertidumbre de no saber qué hacer mañana. El futuro no parece resolverse y el tiempo pasa.
Veo que todos a mi alrededor buscan una solución a sus vidas, aunque ésta pase por marcharse a otro lugar a empezar otra vida nuevamente llena de incertidumbre, pero, al menos intentan salir de la situación de estancamiento en que se encontraban, ya sea estancamiento emocional, económico o de otra índole.
El paso del tiempo es un factor que me aterra y, no por las arrugas o la edad, eso es lo de menos; desde pequeña me han inculcado el deber de labrarte un futuro, de asegurarte un porvenir que te dé de comer hasta que tu cuerpo y mente descansen por fin. Y de momento, mi porvenir es más inseguro que una acción de Ruiz Mateos. Y eso me asusta.
He pensado en ligarme a algún armador griego multimillonario que me mantenga para siempre, pero, es que en mi barrio no hay de esos.
La otra solución, que me toque la lotería pero, hay un detalle sin importancia que no entiendo bien : para que te toque, primero tienes que acertar el número ganador y, no soy Aramis Fuster así que, el bombo de la lotería se ríe cada semana de mis números e incluso creo que los empuja con cariño al fondo de todas las bolas para que no salgan ni siquiera como reintegro.
Estoy pensando que, tal vez las señales me estén aconsejando que me marche yo también, aunque no sé muy bien a dónde ni porqué.
Aquello de “trabajar para vivir y no vivir para trabajar” es pura utopía.
Si no tienes trabajo, no hay dinero y, sin dinero, siento decirlo así pero, no hay vida. Reconozcámoslo, el dinero nos da tranquilidad y estabilidad. Si tienes dinero sabes que puedes pagar un alquiler, comer cada semana, pagar todos los seguros y malditos pagos a los que estás ligado e incluso, darte algún capricho de vez en cuando.
Si no tienes dinero, estás jodido.
Hoy le han traído a mi vecino el “abu” un colchón nuevo. “Cefe el Abu” es el abuelete que vive en el piso de abajo. Vive sólo y viene una asistenta de vez en cuando a visitarlo. Cefe está sordo como una tapia y camina con taca taca, pero, aún es capaz de coger el ascensor y salir a la calle. A pesar de su edad, le siguen gustando las mujeres y aprovecha la visita de la asistenta para alegrarse la vista y soltarle algún que otro piropo.
Eso es lo único que quisiera para mí en el futuro. Poder costearme mi vejez, sin que nadie tenga que cargar conmigo. Yo soy de la idea de que los familiares están para el cariño pero, no más allá. Son personas y tienen que vivir su propia vida.
Sí, Ceferino es muy mayor y está solo, pero, está bien cuidado y para mí eso es lo más importante. La soledad es un factor al que toca acostumbrarse.
Hoy estoy tranquila. Los malditos periquitos cantan y mis vecinas friegan los suelos de sus terrazas. El “ciclista del Amazonas” ya hace una semana que se marchó y no tengo noticias de él, pero todo fluye, incluido mi cactus que sigue su proceso natural.
Casualidad o destino, sea lo que sea, está sucediendo y me afecta. Todo sigue sin tener sentido.
De momento, ya es suficiente.
Bienvenid@s a mi mundo. Kariontidas Samoronthe.
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